En esta edición de las Bodas de Isabel
de Segura, le toca pronunciar el pregón de la fiesta, a un “pobre
extranjero” (como escribía Cristóbal Colón de sí mismo, hace más de
500 años) a un judío tanto de religión como de nación, nacido,
criado y viviendo en la Ciudad Santa de Jerusalén y no menos
importante a un Sefardí, cuyos antepasados vivían en esta tierra y
en algunos periodos de la Edad Media coexistieron y convivieron con
las otras dos religiones y culturas monoteístas- con los cristianos
y los musulmanes, hasta su expulsión en el año 1492.
Me siento tanto orgulloso, como
privilegiado y honrado de estar aquí con todos vosotros,
compartiendo estos días de fiesta, que seguro serán inolvidables y
grabados en mi memoria para siempre.
Gracias, muchas gracias, muchísimas gracias, gracias por todo.
El amor en el Judaísmo existe desde los
tiempos bíblicos, miles de años antes de Cristo. La Biblia (el
Antiguo Testamento) escrita originalmente casi en su totalidad en
lengua hebrea y que se ha convertido en Patrimonio de la Humanidad,
muchos siglos antes que se estableciera la UNESCO. Todo ello junto a
la literatura religiosa rabínica posterior, manifiestan una
diversidad de dimensiones de amor.
Primero: Amor y adoración a un solo
Dios, abstracto, Rey del Universo, como lo expresa por ejemplo el
siguiente versículo: “Y amarás a Jehová tu Dios de todo tu corazón,
y de toda tu alma, y con todas tus fuerzas” (Deuteronomio, 6:5) y
muchos capítulos del libro de Salmos.
Segundo: Amor a la mujer, esposa, ama de
casa, amante, amiga y a la familia en general- una base fundamental
de la vida cotidiana, como lo enseñan por ejemplo, los libros de
Cantar de los Cantares y Proverbios, que según la tradición Judía,
fueron escritos por el Rey Salomón (alrededor del año 1000 A.C.), el
Sabio de los Sabios. Dice ella: “Yo soy de mi amado y él me busca
con pasión. Amado mío, ven, vamos al campo, al abrigo de enebros.
Pasaremos la noche, madrugaremos para ver las viñas, para ver si las
vides ya florecen, si ya se abren las yemas y si echan flores los
granados y ahí te daré mi amor.” (Cantar de los Cantares, 7: 11-13).
Tercero: Amor al prójimo igual que a uno mismo en el amplio sentido de la
palabra: un amigo, cualquiera, vecino, etc. “No aborrecerás á tu
hermano en tu corazón…y no consentirás sobre él pecado. No te
vengarás, ni guardarás rencor á los hijos de tu pueblo: mas amarás á
tu prójimo como á ti mismo…” (Levítico, 19: 17,18).
Hoy en día se define el amor como un
concepto que se sitúa por encima de cualquier religión, nación,
raza, clase social y cultura de los amantes. Así tiene que ser. ¡Qué
cantidad de novelas y cuentos de amor se han escrito sobre amantes
separados por dichos aspectos y puntos de vista!
Volvemos a Teruel. La presencia judía en
Teruel se constata a principios del siglo XIII, en la misma época
del acontecimiento que dio lugar a la leyenda de los Amantes de
Teruel, que conmemora esta fiesta.
Tanto aquellos judíos en la Edad Media, como yo y miles más de Sefardíes
dispersos por el ancho mundo, a lo largo de los siglos hasta la
actualidad- no nos sentimos ajenos en esta tierra.
La separación definitiva de España no
fue nada fácil para los judíos; es que Sefarad no era un exilio, más
bien era una patria. De aquí salieron como si se les hubiera
arrancado de la tierra prometida.
A pesar de la gran tragedia de la
expulsión total de los judíos de fé de España, hace más de 500 años,
no guardamos ningún rencor a este reino que nos expulsó. Al
contrario, Sefarad deja de ser una nostalgia y nos hace sentir como
en nuestra propia casa.
Seguimos amando a España, su cultura y los españoles y desde luego a los
turolenses.
¡¡Somos también Amantes de Teruel!!.
Y si existe actualmente un apellido
judío Turel, no cabe duda alguna de dónde viene, primero de la aldea
musulmana de Tirwal y más tarde de la cristiana Teruel.
Además, las últimas investigaciones y hallazgos confirman cada vez
más la existencia de una minoría influyente en la realidad
multicultural, que se vivió en Teruel durante la Edad Media. Una
Judería, como en tantas otras ciudades de la Península Ibérica con
creatividad cultural rabínica, filosófica, científica, literaria y
sobre de todo una poesía hebrea rica y magnífica, tanto religiosa
como “laica”- de amor, de vino, de primavera, naturaleza, etc.
La bella historia de amor de Diego de
Marcilla y de Isabel de Segura es un ejemplo de este género, que en
muchos casos no es un camino de rosas. Lleva consigo dolor,
sufrimiento, lágrimas, tristeza. Así se expresa también en la
literatura folklórica de otras culturas, incluyendo la judía. Por
ejemplo las baladas, las cantigas y los romances de las comunidades
Sefarditas suelen presentar un temario parecido a la historia de los
Amantes de Teruel. “Porque es fuerte el amor como la muerte, es
cruel la pasión como el abismo; es centella de fuego, llamarada
divina” (Cantar de los Cantares, 8: 6).
Como historiador e investigador del
mundo sefardí, les digo lo siguiente:
El motivo principal del estudio de la historia, es decir, del pasado, es
entender el presente.
El judaísmo español medieval se caracterizaba por sus valores supremos
como la moderación- tomaban el camino del medio, como escribió
Maimónides (Córdoba 1135- El Cairo 1204), apertura, flexibilidad,
antifanatismo, solidaridad, amor a su lengua hebrea, paz, esperanza,
coexistencia y convivencia.
Lamentablemente hoy en día tenemos en
algunas partes del mundo y en diversas sociedades lo contrario:
violencia, fanatismo religioso, lucha armada, radicalismo. etc.
Tenemos que aplicar dichos valores del judaísmo español medieval a la
humanidad entera de nuestros días. Yo veo a todos vosotros juntos y
cada uno de los aquí presentes en la fiesta de los Amantes de
Teruel, mensajeros del amor, de la esperanza y de la paz. Esta es la
lección clave para nuestra generación. No hay otra.
Y para concluir os brindo algunas estrofas de una canción originalmente
hebrea traducida al español:
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